Pensar exponencialmente

¿Pueden las nuevas plataformas de educación solucionar con tecnología los problemas que las universidades no pudieron?

Hay una universidad disruptiva que se diferencia un tanto de las demás: no otorga diploma alguno, sus carreras más largas duran diez semanas y su “campus” se limita a unas barracas para alojamiento tipo militar, un casino, un laboratorio y un área para hacer deporte. No es una de esas “de garaje” y no tiene aulas ni bibliotecas. Pero allí se cocinan ideas altamente innovadoras orientadas a solucionar problemas de verdad de los humanos, como el fin de los virus mediante biotecnología, o la reducción del cambio climático mediante nuevas maneras de producir carne. SingularityU ha ganado respeto y popularidad, desde que fue fundada en Silicon Valley hace diez años con apoyo de Google y la Nasa, porque refleja hasta dónde puede transformarse la educación, si se la quiere realmente enfocada en mejorar el mundo.

Varios modelos de formación que emergieron de la economía digital parecen amenazar de algún modo a la educación tradicional. Platzi, la plataforma de cursos en línea más fuerte de Latinoamérica (y originada en Colombia), ya graduó a 50.000 personas, que prefirieron un curso corto de cuatro meses que los deja en capacidad de conseguir rápidamente un empleo, en campos como el desarrollo de software, los lenguajes de programación o administración de plataformas Cloud, que pasar por el proceso lento y costoso de una carrera de cinco años para obtener un título que muchos jóvenes consideran poco efectivo en los mercados laborales.

Claudia Aparicio, egresada de Singularity University, actualmente directora de Dividendo por Colombia.

Pero, ¿esto es bueno o no, para la formación de las nuevas generaciones? Claudia Aparicio, hoy directora de la Fundación Dividendo por Colombia, vendió su casa y se fue a California a estudiar en SingularityU y cree que ha sido la experiencia más sensacional de su vida. El enfoque que encontró allí le cambió la forma de ver las cosas. En diez semanas hay que buscar soluciones a problemas sociales que beneficien al menos a diez millones de personas. “Si no es suficientemente grande, entonces mejor búscate un trabajo en Amazon o algo así”, suelen decirle los mentores a sus estudiantes. Es la cuna de lo que se conoce como “pensamiento exponencial”; pensar en grande. ¡Pero en grande! El “pensamiento exponencial” no es otra cosa que la famosa “Ley de Moore” que predijo que entre cada 18 y 24 meses el valor de la tecnología se reduce a la mitad y su capacidad se duplica, llevada a los campos de la innovación y el emprendimiento. De tal modo que la educación universitaria, vista desde esta perspectiva, se convierte en una incubadora de ideas creativas de gran alcance basadas en tecnología, en lugar de una escalera para la acumulación de títulos.

Desde luego, las sociedades necesitan doctores, investigadores y académicos. No se discute. Pero se requieren también, y cada vez más, personas capaces de hacer cosas con la tecnología y solucionar problemas del mundo real. Modelos como el de Platzi, de cursos cortos y sustanciosos, ganan aceptación masiva en Norteamerica y Europa. Las prestigiosas Stanford y Harvard, en lugar de pelearse contra el mundo digital, están detrás de Coursera, la mayor plataforma de cursos en línea del mundo. Estos modelos, con todo y sus puntos débiles, interpelan a las formas tradicionales de educar, tan sacralizadas en nuestra cultura.

Se ha señalado, no sin razón, que de SingularityU a veces salen ideas tan ambiciosas que parecen increíbles, como innovaciones para combatir la muerte o acabar con el hambre en el mundo. Pero también ideas que están moviendo emprendimientos de base tecnológica promisorios, en la lucha contra enfermedades, en la carrera espacial y muchos otros campos. Pensar en grande siempre será un mejor camino.

Publicado originalmente en revista SEMANA, edición 1907, noviembre de 2018.

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